Las vacaciones de verano son mi época favorita para leer. Es el momento del año en el que por fin encuentro el tiempo y el estado mental adecuado para sumergirme de verdad en un libro, con más calma, menos ruido y esa sensación de desconexión que hace que la lectura fluya de otra manera.
Este verano he decidido acercarme por fin al universo expandido de Warhammer 40k por varios motivos. Por un lado, llevaba tiempo oyendo rumores sobre el proyecto audiovisual que parece estar preparándose alrededor de esta licencia, con Henry Cavill involucrado de alguna forma. Por otro, recientemente ha empezado a publicarse en España Imperium Maledictum, la última iteración del juego de rol de Warhammer 40k de la mano de Devir, y siendo rolero, eso siempre despierta mi curiosidad.
También hay un factor nostálgico importante, ya que en mis tiempos mozos tuve mi etapa de pintar minis y jugar alguna que otra batalla dentro de este universo. Así que todo apuntaba a que este era el momento adecuado para volver. Y la puerta de entrada elegida ha sido Eisenhorn, de Dan Abnett.
El miedo al tocho… que desaparece rápido
Lo primero que intimida de Eisenhorn es su tamaño. Estamos hablando de un ómnibus de 1.080 páginas que recopila tres novelas y dos relatos intercalados. Semejante grosor puede hacer pensar que uno se mete en una empresa pesada, pero la realidad es justo la contraria. La gran virtud de Dan Abnett aquí es hacer que todo ese material sea una lectura sorprendentemente ligera y de gran ritmo, convirtiendo el libro en un pasapáginas. El autor sabe exactamente cuándo acelerar, cuándo cambiar de escenario, cuándo introducir un nuevo conflicto o rematar una escena con suficiente fuerza como para que casi siempre termines pensando… un capítulo más y lo dejo.

Abnett no reinventa nada, usando todos los tropos clásicos de la space opera, de la aventura pulp, del thriller de investigación y hasta del espionaje que os podáis imaginar. Tampoco es algo que deba extrañar teniendo en cuenta que la franquicia de Warhammer, tanto Fantasy como 40k siempre ha sido una amalgama descarada de elementos y referentes clásicos de cada respectivo género.
Muchas de las potentes escenas e imágenes que se nos muestran resuenan a cosas que hemos visto antes en según qué tipo de persecuciones, conspiraciones, traiciones, infiltraciones o revelaciones… Pero son herramientas narrativas que funcionan, y Abnett sabe usarlas con enorme eficacia. De hecho, hay momentos en los que Gregor Eisenhorn parece casi un James Bond imperial, moviéndose entre intrigas, operaciones encubiertas y amenazas cósmicas, con esa mezcla constante entre acción e investigación que hace que la novela nunca se vuelva monótona.
Gregor Eisenhorn, protagonista indiscutible
Aunque Eisenhorn está rodeado de un séquito que va creciendo a medida que avanza la historia (y donde hay incorporaciones, pérdidas y cambios constantes), la realidad es que el protagonista absoluto es él. Los secundarios e incluso los antagonistas cumplen su función, algunos mejor que otros, pero pocos alcanzan una gran profundidad o una definición realmente memorable. Esto es, seguramente, una de las principales consecuencias del ritmo tan agresivo que imprime Abnett, ya que no queda demasiado espacio para detenerse en la psicología de los personajes.
Curiosamente esto no perjudica tanto al libro, ya que la elección de la voz del narrador es una apuesta clara. Toda la historia está contada en primera persona por el propio Eisenhorn y es algo que suma más que resta. El propio Abnett comenta en el prólogo que fue un dolor de cabeza optar por esa perspectiva, pero el resultado merece completamente la pena ya que la inmersión es mucho mayor. Vemos lo que hace Eisenhorn, pero también conocemos sus pensamientos, sus dudas y lo más importante… nos justificamos con él. Es ahí donde reside la verdadera fuerza de la obra.
Dentro del vastísimo lore de Warhammer 40k, probablemente uno de los aspectos mejor desarrollados en Eisenhorn sea precisamente el funcionamiento de la Inquisición. Abnett aprovecha la historia para mostrar con bastante claridad sus matices, las distintas corrientes ideológicas, desde los inquisidores puritanos hasta los radicales, así como sus funciones y su papel, a veces contradictorio, como muro de contención contra el Caos y la Disformidad.
«Mi señor, ¿en qué apestoso rincón del Imperio se crían pelotas asquerosos como éste? Sin duda, me debéis una».
Gregor Eisenhorn
Pero sobre todo, lo que muestra es el coste de esa lucha, algo que considero que es el elemento nuclear de toda la saga: ¿Hasta qué punto el fin justifica los medios? Eisenhorn vive constantemente en el filo de esa línea, siempre llega el momento en el que combatir el Caos con eficacia exige comprenderlo. Y comprenderlo implica acercarse demasiado. ¿Cuánto puedes usar las armas del enemigo antes de convertirte en aquello que persigues?
Todo este conflicto moral es, para mí, lo mejor del libro, porque no se trata solo de una cuestión de corrupción externa, sino de la degradación interna que acarrea y si quien la sufre será capaz de darse cuenta y mantenerse firme o caer definitivamente en los brazos de la disformidad.
A todo esto se suma el hecho de que Abnett hace que las decisiones de Eisenhorn tengan consecuencias. A veces funcionan a corto plazo y se ven como algo necesario, pero casi siempre dejan una cicatriz que vuelve más adelante. Percibir esas consecuencias de sus propios actos es algo que da mucho empaque a la historia y te hace pensar en qué decisiones tomarías tú mismo y cuáles no.
Otro detalle que me ha llamado la atención es cómo Abnett abraza por completo la estética visual de Warhammera. No olvidemos que este universo nace de un juego de miniaturas, y eso se nota muchísimo en su forma de describir. La manera en la que se deleita describiendo con todo lujo de detalles armaduras, ropajes, armas, emblemas, colores, insignias… transmite la sensación de que más allá de imaginar al personaje, estás viendo directamente su miniatura pintada sobre la mesa. Esto, para cualquiera que conozca el hobby, es un guiño fantástico.
Lo que se pierde por el camino
Pero no todo puede ser perfecto y precisamente por apostar tan fuerte por el ritmo, Eisenhorn sacrifica profundidad en algunas áreas. Los secundarios y antagonistas, como decía antes, podrían haber dado más de sí. También hay momentos en los que Abnett apenas se detiene a explicar determinados conceptos del trasfondo, asumiendo que el lector ya conoce el universo en el que se desarrolla la historia. En mi caso no ha sido un problema grave, pero sí creo que alguien completamente ajeno a Warhammer 40k puede sentirse algo desubicado en ciertos puntos.
En su defensa diré que el trasfondo de Warhammer 40k es algo que abarca tantos mundos, incluso sectores estelares, y tiene tantas facciones y organizaciones tanto en el Imperio, como fuera de él, que hacer una introducción más suave en el libro sería prácticamente imposible. Cuando el foco está en el macro, es difícil detenerse en los detalles.
En conclusión, Eisenhorn me ha parecido una puerta de entrada excelente al universo extendido de Warhammer 40k. Es una lectura enormemente entretenida, muy bien escrita dentro de lo que busca ser, con un protagonista que derrocha magnetismo y con un conflicto moral central mucho más potente de lo que esperaba. No es una novela que busque reinventar el género ni profundizar de manera exhaustiva en todos sus elementos, pero sí sabe exactamente qué quiere contar y cómo hacerlo, saliendo victoriosa de la propuesta.
Si buscas una lectura adictiva, con acción, investigación, horror cósmico, espionaje y dilemas morales, este ómnibus es una apuesta segura. Y probablemente, como me ha pasado a mí, después te termine picando el gusanillo para seguir adentrándote en este universo de conflictos gigantescos y aberrantes… puede que la próxima vez con una partidita de rol ¿Quien sabe?